RESULTADOS DEL “GESTO” DE LEIBOVITZ

No me lo esperaba, pero mi relato basado en la foto de Leibovitz ha resultado seleccionado. Algo nada fácil, porque es un sitio donde hay bastante nivel y escribe gente muy buena.

Resultados del gesto de leibovitz

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La reina de la noche

reinanoche

Foto tomada de la red.

La primera vez que quise ser una estrella de rock, me imaginé sobre el escenario de un estadio repleto de público; pensé en torrentes de decibelios, en morritos rojos y carnosos sedientos de bocas húmedas, en follar sin control, en alucinógenos, en ‘satisfaction’, en ser un sultán del swing.

Ahora, algunos me llaman viejo, trasnochado, regresivo, decrépito y maricón. Adjetivos envenenados que me resbalan. Nunca llegué a ser una estrella; si acaso, un asteroide del rock. Mis ansias de fama se diluyeron en  ese intervalo que transcurre desde que sientes una furia interior que te devora, hasta que te empotras contra la evidencia de la realidad.

Un intervalo tan corto como la vida misma. Te acuestas con veinte años, rodeado de sueños, y te levantas con más de cincuenta sin haber cumplido ninguno.

Hoy, el escenario del estadio atiborrado de gente, se llama estación de Atocha; con público variopinto, curiosos, tipos que te miran con cara de miedo, jóvenes que se paran y contonean  sus cuerpos de goma, al ritmo de mi música. Yo cierro los ojos, aprieto los dientes y punteo; punteo y recorro el traste de la guitarra con violencia, mientras alguien grita, agarrando con fuerza un micrófono imaginario. Al final, siempre hay algún agradecido que te echa unas monedas en el bote atornillado al carrito.

Ese carrito de la compra que se convirtió en mi equipo portátil de música y que me encontré abandonado en un callejón. Lo pinté de negro y me fui a un desguace. Me enviaron a la sección de ‘fiambres’. Allí, el encargado, un enano con cara de bulldog, me dijo que la llamaban así porque todos los coches, o lo que quedaba de ellos, habían tenido accidentes fatales. Cogí una batería, un altavoz y un amplificador casi nuevo de un lamborguini chafado como un acordeón. Me costó sacarlo. No fue hasta la mañana siguiente cuando descubrí que el color de su frontal, siena tostado, era en realidad sangre. Sangre seca, de sueños estampados de alguna cabeza loca. Lo froté con un cepillo y lejía. Ahora es blanco crudo.

La música, la priva y los yogures caducados me los consigue Sara; Sarita la yonki, que trabaja de reponedora en el super de al lado de casa.

La conocí  cuando tocaba uno de mis temas favoritos de entonces, en la estación de Antón Martín. “Love me tender”, de Presley. La interpretaba cuando me sentía desgraciado y quería ligar. Se acercó y me hizo coros. Tenía la voz rota, pero agradable. A mí me recordaba mucho a Bonnie Tyler.

Me dijo que, en realidad, ella iba para cantante de ópera, pero que la farlopa y el alcohol de garrafón, le habían destrozado las cuerdas vocales. Que todo se fue al carajo.

Entonces la miré a sus ojos lánguidos, me miró, nos miramos y acabamos en mi pisito de okupa de Lavapiés. Recuerdo que me hizo una infusión de ginseng y me introdujo en la boca dos pastillas de un azul eléctrico fosforito; ella se tomó otras dos. La encontré radiante, me sumergí en sus ojos efervescentes, verde pistacho. Nos desnudamos el uno al otro lentamente, retozamos en la cama como dos animales salvajes.

Me abandoné a sus instintos. No me molestó en absoluto sentirme esclavo de una dominatrix, ni me importó que me diera besos de piraña, ni que mis rincones más recónditos fueran lamidos por su lengua azul. Ni siquiera me importó que tuviera pene, ni que, en realidad, se llamara Fernando. Ahora compartimos la vida que nos queda, los sueños imposibles de cumplir, la música, el alcohol, el caballo y los yogures caducados; y además, todas las noches, después de amarnos, se levanta, se pone una túnica de fieltro azul con ribetes de plata, un aparatoso colgante sobre su pecho y una corona plateada de doce puntas. Entonces, con la luz apagada, la ilumino con una linterna potente, como a una estrella; conecto el amplificador  y me canta el aria de la reina de la noche de la flauta mágica, como una reina, con los gorgoritos de Bonnie Tyler. Un espectáculo.

Recuerdos de África

Un relato que escribí hace tiempo y lo he retocado un poco. Es erótico-humorístico…

carnivore08Foto tomada de la red

El camarero, negro como el ébano, vestía de blanco impoluto. Solo unas manchas de grasa que parecían condecoraciones sobre su pecho, tiznaban la albura de su chaquetilla. Sudaba a chorros y mostraba su dentadura generosa,  al colocar una brocheta gigante de carne de cocodrilo sobre la mesa. Con sumo cuidado, extraía los trozos humeantes sobre una fuente de porcelana con decoración victoriana. Igual que había hecho pocos minutos antes con la brocheta de cebra y la carne de mono.

Yo miraba con un ojo y con cierta grima,  los trozos de esa carne blanquecina, similar a la de pollo, a la vez que con el otro observaba excitado, frente a mí,  los movimientos gelatinosos de los pechos núbiles de Carol bajo su camiseta fucsia de escote generoso.

Evitaba mirarla con descaro; no quería que pensara que yo era un cerdo baboso que la devoraba con los ojos. Sentía al mirarla una mezcla de placer y rubor. Le pedí que me acercara un trozo de cocodrilo y lo hizo con una sonrisa cómplice. Realmente me daba un poco de asco esa carne decolorada, como de pollo seco y viejo, pero la alternativa no era mucho mejor; mono, cebra, serpiente…. Yo lo que quería era probar el postre, esos flanes temblorosos y de movimientos libres de Carol.

Habíamos llegado a Nairobi después de un recorrido por los parques nacionales y esa noche cenábamos en el Carnivore, un restaurante para turistas donde se comía carne exótica.

Por mi retina aún circulaban las imágenes de una leona con sus colmillos clavados en la yugular de un ñu agonizante, de cómo quedó reducido a huesos en pocos minutos. De la risa falsa de las hienas, de los cogotes pelados de los buitres y de las miradas de deseo de los masais  al cuerpo desnudo y enjabonado de Carol cuando se duchaba al aire libre y sin pudor, en el campamento improvisado en el parque de Masai Mara.

También recordaba la noche que pasamos acampados en una tienda cerca del lago Nakuru, en uno de los safaris, donde al atardecer vimos cómo el horizonte se teñía de rosa con el plumaje de miles de flamencos cubriendo las aguas alcalinas de ese enorme lago azul turquesa.

Esa noche, hicimos una fogata en uno de los pocos lugares donde estaba permitido hacer fuego. Después corrió el whisky y empezaron las risas, los tonteos. Julie estaba sentada a mi lado. Por la descompensación del grupo, me había tocado compartir tienda con ella. No era frecuente que en estos grupos se emparejaran  chicos y chicas que no se conocían, pero esa vez tenía que ser así. Yo no iba a poner ninguna objeción, Julie era una chica atractiva aunque bastante pija, y ya me advirtió al principio que tenía novio en Barcelona ,por si acaso. Carol compartía tienda con su amiga Rosé.

Después de las risas y los tonteos, vinieron los juegos picantes como el de la botella que da vueltas y tienes que besar al que te toque. Me tocó besar a dos chicos y advertí que como me tocara otro más , yo me iba a dormir. Quería que me tocara Carol, pero no había manera. A Carol le tocó Sergio, nuestro guía. Se dieron un beso largo y profundo. A mi me tocó Julie, que con su acento pijo de Barcelona me dijo que no me pasara, que solo un pico superficial. Después me tocó Kulinga, nuestro cocinero, así que dije que no me encontraba muy bien y que me iba a dormir a la tienda.

Que la botella no me ofreciera a Carol, lo podía admitir, pero besar a Kulinga ya era demasiado. No era fácil quedarse dormido; gritaban y daban palmas acompañando a uno de los chicos que se puso a tocar la guitarra. Cuando estaba a punto de quedarme dormido, oí la cremallera de la tienda y entró Julie; hacía calor aunque ya la temperatura empezaba a bajar. Se acostó a mi lado, dándome la espalda, me dijo que estaba derrotada y me dio las buenas noches. La observé con la luz de la luna que se filtraba por la tela de la tienda. Tenía un cuerpo bonito, delgado pero con curvas, una camiseta oscura de tirantes, puede que negra, y unos pantalones de pijama ajustados que realzaban su figura. Pensé en la orgía de monos papiones apareándose sin cortapisas, que habíamos visto esa misma mañana  y maldecí la evolución humana. Me quedé dormido.

Un terremoto me despertó de golpe; la tierra se retorcía, se resquebrajaba como si un gigante estuviera pisoteando la sabana y aplastando las acacias con sus botas tamaño camión. Salí asustado y vi un espectáculo increíble. Una manada de elefantes cruzaba la noche a pocos metros de nuestras tiendas. Tras el temblor de la tierra, se hizo el silencio, pero duró poco. Empecé a oír respiraciones entrecortadas, suspiros, gritos. Sentí miedo, me encogí. Pensé que algún elefante había pisoteado a alguien. Los gritos venían de la tienda de Sergio. Me acerqué despacio temiéndome lo peor. Pero lo único que habían quedado pisoteados eran mis sueños. La tienda de Sergio, al trasluz, parecía un número de sombras chinescas de un teatrillo. Una figura femenina cabalgaba sobre un cuerpo tumbado. Se movía a ritmo, con furor, echando su cabeza hacia atrás mientras unas manos al final de unos brazos estirados, acariciaban el perfil de sus pechos. Era Carol encima de Sergio. Esa visión aplastó mis sueños, como si uno de los elefantes los hubiera laminado, pero a la vez me excitó, así que volví a la tienda. Ocupé de nuevo mi lugar, con sigilo, para no despertar a Julie. Ella parecía dormida, o se lo hacía, no podía saberlo. Excitado por el alcohol y la algarabía sensual de fondo, recorrí su espalda lentamente con mi índice. Julie parecía estremecerse, parecía pedir que siguiera. La besé en la nuca, en la oreja. Avancé mi mano hacia su vientre y acaricié con delicadeza el piercing de su ombligo, masajeándolo con dulzura, después subí mi mano y acaricié sus pechos, sus pezones endurecidos. Ella apretó su culo contra mí, como invitándome a penetrarla y yo me sentí como un volcán en erupción, como un mono papión fornicador reencarnado en mi ancestro más cavernícola.

Le bajé los pantalones y el tanga con un rápido movimiento, acaricié su vello púbico, su clítoris,  noté su humedad en mis dedos, la separé las piernas, y entonces… , me dijo:

—No, eso no puede ser.

—¿No? —repliqué. Pero Julie, si esto es como los monos de esta mañana. Solo placer, un deseo animal sin compromiso, una incursión en nuestros instintos más primitivos.

—Ya, pues por eso, nosotros no somos monos, somos humanos. Reconozco que me has excitado, pero no podemos seguir.

Mi bajón coincidió con el punto álgido de Carol, con su aullido orgásmico final.

*  * *

— ¿No querías cocodrilo? Parece que estás ausente —me recordó Carol.

—Ah sí, sí. Se me había ido la cabeza por un momento al lago Nakuru.

—Ya —respondió, guiñándome un ojo.

Esa misma noche, al salir del restaurante nos dirigimos a la estación de trenes. Nos esperaba un largo viaje nocturno a la costa de Kenia, a Malindi, donde pasaríamos el resto de nuestras vacaciones. Sergio ya no vendría con nosotros; en Malindi nos esperaba otro guía y seguro que a él le esperaría otra chica.

Los coches cama eran de cuatro literas y esta vez nos habían puesto en el mismo camarote a Carol, Rosé, Julie y a mí, con lo que lo tenía complicado con Carol.

Empezaron otra vez con el whisky y los jueguecitos y al pasar por el pasillo Kulinga, le invitaron a entrar.

Carol dijo de jugar a la botella otra vez con un beso de tornillo como premio. Bueno, pensé, esta vez son tres chicas y Kulinga; por cálculo de probabilidades me tiene que tocar una chica, espero que sea Carol. Julie puso la botella a girar y curiosamente me apuntó a mí. Después envalentonado por el alcohol hice girar la botella con un preciso giro de muñeca, calculando las vueltas, el rozamiento, la fuerza aplicada. Ese movimiento no podía fallar. Seguro que apuntaría a Carol. La botella giró y giró y pareció pararse donde Carol, pero un pequeño tirón del tren hizo que la botella diera medio giro  más y se paró justamente apuntando a los gruesos labios de kulinga.

—Noooo. —Grité, yo a este no le doy un beso de tornillo.

—Venga —dijo Julie con regodeo, es como hacían los monos del lago Nakuru. Solo es una incursión en tu instinto más primitivo. Los monos Papiones Kolento no distinguen de sexo, se disfrutan sin objeciones.

Entonces, miré a Carol y pensé en sus pechos revoltosos, en sus bonitos ojos verdes, en sus gruesos labios. Cerré los ojos… y besé a Kulinga profundamente.

Tierra prometida

Un pequeño cuento que mezcla piratía y frustración…

barcos-piratas

James Crook  acoplaba con fuerza el visor del catalejo a su ojo maltrecho, buscando con frenesí la ansiada tierra que había prometido a sus hombres tras los últimos  tres abordajes fallidos. Los reiterados fracasos, habían dejado un saldo desolador entre su tripulación y el barco hecho trizas. Tres hombres eran necesarios para conseguir uno entero. Al que no le faltaba un ojo, le faltaba un brazo, una mano, un pie o la pierna entera. A todos les faltaba la cabeza, de pura demencia, y solo soñaban con poner al menos un pie en tierra y llevarse algún bocado.

Lejos quedaban los tiempos de la partida de Southampton, del beneplácito del rey y del orgullo patrio. Ellos no eran piratas, no; eran corsarios al servicio de su majestad. Bodegas preñadas de comida, sueños intactos y patente de corso.

Después vino el infortunio, y esos malditos galeones vomitando fuego, que aplacaron los sueños de oro y calmaron la sed de abordajes.  Todos frustrados. Todos. «maldita sea mi estampa», mascullaba entre babas.

Luego llegaron los cielos plomizos, las tormentas y las humedades. Poco a poco, el moho cubrió de verde los alimentos y ya lo normal era compartir los frijoles con unos gorgojos negros, duros y de sabor amargo. Hasta el agua de los aljibes se emponzoñó y se tornó verde charca. Y llegaron las enfermedades, las diarreas incontenibles y sobre todo, las pupas en los labios, la caída del pelo y de los dientes, que saltaban como si fueran de leche. Las ratas,  se convirtieron en objeto preciado y en motivo de peleas constantes por llevarse algo a la boca.

Y fue entonces cuando Crook creyó ver una sombra sobre el horizonte y se frotó el ojo, hasta estar seguro de que el hambre y la sed no le estaban jugando una mala pasada.

Envió a inspeccionar la playa a cuatro hombres, los más enteros, que arribaron a la costa, andrajosos y medio consumidos. Saltaron sobre la arena fina, y vieron con alegría a un animal que se acercaba a ellos desde el interior, con andares de gorrino y pelambrera de mono. Un cerdo salvaje, de ojillos vivaces y colmillos retorcidos. Se abalanzaron sobre él, y lo degollaron. Después le rajaron el vientre y sin más preámbulos buscaron  sus vísceras, como si fueran leones hambrientos devorando una presa. Comieron con ansia sus partes blandas, lo único que sus escasos y débiles dientes podían masticar. Quedaron saciados, tumbados en la arena junto a los restos del animal y con la cara teñida de rojo.

Hasta que llegó la vieja; una indígena arrugada que emitió un grito desgarrador. Los cuatro la miraron atónitos. El más joven, saciado de carne y sangre, recorrió con la vista su cuerpo desnudo, sus pechos flácidos y secos, rematados por pezones oscuros de cabra y sintió vida, de nuevo, en el bajo vientre. La miró con deseo y, sin palabras, buscó la complicidad en los ojos hambrientos de sus compañeros.

Pero un nuevo grito de la mujer, los detuvo en seco. La anciana se arrodilló ante el cerdo, bajó la cabeza e hizo una señal con el brazo en alto. En ese mismo instante, se oyeron silbidos cortando el aire, junto a golpes secos. El más joven, notó de nuevo en su garganta el sabor de la sangre; esta vez, más cercana y salada. Era la suya propia, inundando el esófago cuando una flecha le atravesó el cuello. Todos sintieron las puntadas de las flechas, el ruido sordo de las lanzas y los golpes huecos en sus cuerpos.

A continuación, la vieja sacó un pequeño cuchillo  y con asombrosa destreza, rellenó sus bocas de sacos escrotales. Luego, se puso de rodillas, miró al cielo y soltó una letanía.

Crook observó todo el espectáculo macabro desde el barco con su catalejo y maldijo su existencia. Ordenó levar anclas, desplegar velas y girar el timón rumbo al horizonte, mientras con un gesto de impotencia, se rascaba las ingles y se palpaba, como asegurándose de que todo seguía allí, bien puesto.

Café solo sin azúcar

Cafe

El ascensor de cristal va lamiendo la niebla mientras sube por el rascacielos que cercena el horizonte. Son las nueve de la mañana; en cada parada sube y baja gente, silenciosa. Los hombres visten uniformados como si todos estuvieran cortados por el mismo patrón. Traje y corbata. Las mujeres varían más en color y en prendas.

Jan se baja en la planta cincuenta, se para en la máquina del café y saca un solo sin azúcar. La cafeína lo irá sacando de su letargo, poco a poco.

Enciende el ordenador, repasa el correo. Solo tiene unos cuantos mensajes sin contestar. Nada importante, piensa.

Jan trabaja para la firma de consultoría Mortissen & Bros y su cliente es editorial hojas de luz. Su trabajo consiste en depurar empresas, ahorrar costes, elaborar estudios de mercado. Esta vez tiene que hacer un estudio de viabilidad.

Jan procesa datos, sueldos, edades, funciones, ratios de productividad y elabora un informe con el número de recursos que sobran en cada departamento.  Se llevará una buena comisión por este informe. Sonríe, apura el café y mira el fondo en el vaso blanco de plástico como queriendo escrutar los posos que no tiene. Con ese dinero se irá una semana a Ibiza.

A pocos Kilómetros de la torre, Jorge López, el jefe de Julia en ediciones hojas de luz, recibe un correo de Jan. Abre los dos ficheros adjuntos, un informe y una hoja de cálculo. Jorge se dirige a la planta sótano donde se ubican las máquinas de vending y café. Echa una moneda y marca el número 39. Café solo sin azúcar.

Jorge mira el vaso blanco mientras piensa que él ha hecho su tarea y que por ella recibirá su paga bonus de beneficios que invertirá en un fin de semana en un velero en Menorca. Su trabajo hará que la empresa sea más eficiente, es ley de vida. El mercado impone sus leyes.

Sube en el ascensor y se dirige a Julia.

—Oye Julia, cariño. ¿No te importará gestionar el viaje de mi hija Marta a Dallas, verdad? Solo necesito, que me busques los billetes y que me los reserves. Paga las reservas con mi tarjeta de empresa. Después yo lo pagaré, naturalmente. Ah y llama también para que me lleven el mercedes a la ITV.

Julia sabe que no repondrá ese dinero, nunca lo hace, pero a Julia no le preocupa eso, a Julia le preocupa el tener que pedir dos horas de permiso para llevar a su marido, casi ciego por un glaucoma, a la revisión ocular, le preocupa no poder pagar a una persona para que ayude a su madre de ochenta años que se mueve con torpeza con un andador por el pasillo de su casa. Aún así, Julia gestiona los billetes de Marta con una sonrisa en la boca.

Por la tarde, recibe una llamada. Es el director de recursos humanos.

Julia sabe que ha habido despidos en los últimos días, pero no cree que a ella le toque; hay personas que ganan mucho más que ella y que apenas tienen trabajo. «Seguro que me llama para otra cosa, o para tirarme los tejos como ya ha hecho en alguna ocasión cuando bebe después de comer, piensa».

Antes de subir a la planta tercera, donde se ubica el departamento de recursos humanos, pulsa el botón de la planta sótano; baja, introduce la tarjeta en la máquina y marca el número 39. Saca el café, entra de nuevo en el ascensor y pulsa el botón marcado con un tres plateado.

Frente a la puerta del despacho, se para y da un sorbo al vaso de plástico. Llama con los nudillos.

—Adelante, adelante —Dice una voz detrás de la puerta.

Al abrir, Julia cambia de color. Junto al jefe de recursos humanos, está Jorge, su jefe.

Jorge le extiende una carpeta roja

—Es el finiquito, la indemnización y las instrucciones. No se ha escatimado ni un euro, Julia, ya sabes que la empresa para esas cosas es seria y formal. Lo siento, pero la empresa está pasando por un mal momento y no le queda más remedio que desprenderse de agunas personas. De verdad que lo siento.

Julia mira el fondo del vaso de plástico. Sobre los restos del café solo y sin azúcar, se arremolinan unos pocos posos y sobre éstos caen un par de lágrimas avanzando un futuro incierto, marrón oscuro.

Ilusiones

barberia

Cuando Marcelo cerró la barbería debido a una larga enfermedad, me vi forzado a buscar peluquerías unisex impersonales; lugares hostiles y fríos donde buscaban una cámara oculta cuando les pedía el tupé a lo James Dean en la película Gigante.Por eso, el día que se curó y reabrió  el negocio, no solo recuperé la ilusión por mi tupé sino que volví a reencontrarme con sensaciones olvidadas, como  la  fragancia a madera vieja, el olor de los polvos de talco, la glicerina y  la loción de mentol y romero. Deseé sentir la textura de la espuma en mi cara de nuevo y el roce de la hoja de la navaja de afeitar, conducida por las hábiles manos de Marcelo.Me senté en el sofá de cuero a esperar mi turno, como siempre, hojeando un interviú manoseado; me deleité sin prisa  recorriendo con la vista los pechos de aquellas hembras voluptuosas que ya echaba de menos.

Marcelo me hizo un gesto levantando las cejas para indicarme que era mi turno.

—Como siempre, Marcelo  —le dije dejando las gafas sobre la encimera.

—Ya sé —contestó con una sonrisa irónica. El tupé de James Dean en Gigante.

—Exacto, pero antes me afeitas, que traigo barbas de mendigo.

Eché la cabeza hacia atrás y cerré los ojos.  Noté el movimiento del pie de Marcelo apoyado sobre el pedal del sillón. Una, dos, tres pedaladas y el sillón se elevó. Mi cara agradeció  el calor húmedo de una toalla y por unos momentos se detuvo el tiempo. Después la retiró y observé cómo introducía una brocha en un cuenco. Empezó a recorrer mi cara haciendo círculos hasta que consiguió un fondo de espuma blanca.

—Qué bien que hayas vuelto Marcelo  —le dije relajado.

—Será por poco tiempo. Me voy a jubilar.

— ¿Jubilarte? Pero si todavía estás hecho un chaval.

—No lo creas, cada vez me siento más consumido, mis manos empiezan a temblar y a retorcerse, cualquier día le corto una oreja a alguien.

—No será para tanto —le respondí.

Marcelo me cogió de la nariz y me levantó la cabeza para tener mi cuello a mano. Tengo que reconocer que sentí cierta inquietud.  Terminó de rasurar las últimas islas de espuma.

—Y ahora el tupé  —dijo lacónico.

El tiempo se volvió a detener; cerré los ojos y me abandoné a las caricias del peine en la nuca, al tintineo de las tijeras igualando, recortando por aquí y por allá. Fue entonces cuando empecé a soñar despierto. Me vi como siempre, con mi tupé en la hacienda de Texas, respirando el aroma del crudo que me hizo rico,  sintiendo que podía comprar todo menos los ojos violetas de Leslie, de mi amada Liz Taylor…

—Ya está  —dijo Marcelo, haciendo girar el mundo de nuevo.

Extrajo ese espejo mágico de debajo de la encimera —el único que yo era capaz de mirar— y me lo puso delante de la cara. Contemplé como siempre ese bello tupé con los mechones cayendo sobre la frente.

—Y cuando lo dejes, ¿quién me hará el tupé? —le pregunté.

—Tu tupé es ilusión y la ilusión es vida. Siempre que quieras, tendrás un tupé.

Me levanté y bajé al baño. Cuando terminé, subí las escaleras de dos en dos con vigor propio de un  veinteañero. Marcelo me estaba esperando con un paquete.

—Toma, esto es un regalo por la fidelidad de todos estos años. Para que siempre me recuerdes. No lo abras ahora. No me debes nada.

Me lo entregó y no dijo más. Observé sus ojos vidriosos y se quedó en silencio pasando con brío  la navaja por el afilador de cuero. Le di un abrazo y salí de la peluquería. Miré de reojo el luminoso de barras rojas y azules, quizá por última vez, y me dirigí al metro. Bajé las escaleras y me paré frente a una máquina expendedora de billetes. La pantalla me devolvió el reflejo de un hombre con gafas, de pelo ralo, que me miraba fijamente. Decidí entonces abrir el paquete. Unas lágrimas me resbalaron por la cara recién afeitada cuando descubrí que era el espejo de Marcelo. Lo miré y sonreí satisfecho al ver de nuevo el tupé de James Dean que Marcelo me había modelado. Cerré los ojos, aspiré profundo y mi nariz se impregnó de un penetrante olor a petróleo.

Simbiosis

Snake1

 

Agung miraba cómo el mar engullía el sol  en el horizonte, mientras mordisqueaba y chupaba un trozo de piña como el que vendía a los turistas  en la playa de Mawun Beach cuando era un mocoso. Pero Agung ya no se sacaba unas monedas vendiendo trozos de piña ni abalorios a las extranjeras. Ahora  se buscaba la vida vendiendo placer a las turistas maduras que buscaban en las playas de Lombok sentirse de nuevo deseadas y amadas por carne tersa y joven. Miró el reloj, solo quedaban diez minutos para que apareciera Uhlma, la clienta holandesa que había conocido la noche anterior en la mejor discoteca de Mataram.

La luna empezaba a inflamarse en el cielo enorme y ya oscuro. Agung encendió un pitillo y se sentó en una mesa en la terraza del hotel Excelsior frente al mar. Pidió un refresco, él no bebía alcohol. A los pocos minutos apareció Uhlma con un vestido mínimo de gasa blanca que dejaba al descubierto sus numerosos tatuajes y hacía vislumbrar su figura  como detrás de la niebla.

—¿Llego tarde? —preguntó Uhlma con una sonrisa mientras ponía sobre la mesa una copa con una piña colada.

—Solo quince minutos, pero no importa, estaba aquí muy tranquilo fumándome un cigarrillo mirando al mar —respondió Agung en su inglés con fuerte acento indonesio.

—Ese mar que has visto tantas veces junto a otras chicas ¿no?

—Bueno, ahora estoy contigo. ¿Puedo hacerte una pregunta?

— Claro, dispara.

—¿Por qué te tatuas los brazos con dibujos de piel de serpientes?

—Porque soy una apasionada de mi profesión y me encantan sus texturas. Soy herpetóloga

—Herpe ¿qué?

—Herpetología es la rama de la zoología que estudia a los reptiles y anfibios. Vine a vivir unos meses a esta isla porque es el paraíso para nuestra profesión. Además de buscar un poco de amor y placer, claro.  ¿Has visto alguna vez una pitón reticulada?

—Cuando era pequeño vendía serpientes en el mercadillo del barrio viejo, creo que alguna vez vi una pitón en ese mercado —respondió Agung tirando la colilla al suelo y pisoteándola con rabia y cara de asco.

—Esta es especial, tiene una piel que forma bellas retículas, simétricas, perfectas, como diseñadas por una máquina, de ahí su nombre. Retículas como las que puedes ver en mis brazos. Las pitones reticulares son ejemplares muy grandes, miden hasta ocho metros de longitud y pueden deglutir animales enteros, como un mono o un jabalí. Son constrictoras, se enroscan sobre su presa y la van asfixiando poco a poco antes de tragársela entera.

—Y ¿por qué no nos vamos ya a tu casa? —dijo Agung sintiendo que se le encogía el estómago.

Agung se estremeció cuando Uhlma abrió la puerta de su apartamento. Había posters de serpientes dispersos por las paredes, vitrinas con reptiles de diversas clases y tamaños, fotos ampliadas, figuras de cerámica de anfibios extraños de ojos saltones y vidriosos. Pero lo que más le inquietó fue el olor a veneno que él tan bien conocía y ese sonido amenazante  de siseos y cascabeles en el ambiente. A Uhlma ese entorno le excitaba y se abalanzó sobre el cuello de Agung sin más preámbulos, besándolo, arrancándole la ropa, mordiéndole y estrujándole con pasión. Se citaron en el apartamento de Uhlma todas las noches de esa semana. Agung no se encontraba cómodo con ella, pero pagaba bien y eso le hacía olvidar ciertas cosas muy extrañas que había podido observar los últimos días.  Como la expansión de sus tatuajes hasta los hombros —Ella decía que tenía un kit de tatuaje casero y los modificaba a su gusto—

Su mirada también parecía diferente; a veces tenía como un tono amarillento y sus pupilas se tornaban muy negras, definidas y brillantes.

Una noche, mientras estaban cenando, Uhlma se levantó y se fue al baño. Agung habría jurado que cuando volvió a la mesa, tenía un carrillo hinchado como si se hubiera metido una bola en la boca. Después de sentarse, Uhlma enroscó un manojo de espaguetis en el tenedor, ayudándose de una cuchara y se lo llevó a la boca. Su cara se tornó un tanto cómica con dos mofletes hinchados, pero  entre los espaguetis que rebosaban, había uno que se movía de una forma especial; era más grueso que el resto, acababa en punta y parecía tener vida propia, como si fuera la cola de un ratón. Uhlma sacó su lengua afilada y rápidamente lo engulló.

Agung empezó a pensar seriamente si esa pastilla que tomaba para aguantar la fiereza de Uhlma toda la noche, le estaba provocando alucinaciones. Cada vez veía cosas más surrealistas. Uhlma se carcajeó cuando le contó que a veces, al reírse abriendo esa boca grande y sensual parecía tener una segunda fila de dientes afilados.

—Debes dejar de tomar esas guarrerías —le dijo entre risas.

*      *      *

Uhlma estaba nerviosa esa tarde, cazaba moscas a mano y se las echaba con rabia a la vitrina de las ‘opheodrys aestivus’, unas serpientes verdes y desagradables  que se alimentan de insectos. Miraba el reloj con ansia y Agung no aparecía. Ya llevaba una hora de retraso y  empezaba a sentirse inquieta y hambrienta de carne joven. Al final sonó el telefonillo.

—Abre, soy yo.

Uhlma pensó que ese intercomunicador funcionaba peor cada día, distorsionaba mucho la voz, no parecía él.

—¿Por qué has tardado tanto? —preguntó Uhlma en tono inquisitivo.

—Tuve que hacer unos trabajos extra.

—¿Unos trabajos extra? No habrás estado con alguna pécora buscona de la playa ¿no? —Gritó Uhlma, verde de ira y de celos. ¿Y esa voz que traes? ¿Y esas ojeras? Seguro que has estado follando con otra toda la noche. Eres un cabronazo, como todos.

—No he hecho nada malo, tu me pagas y yo cumplo.

Uhlma se despojó violentamente de su camisa y de sus mínimas bragas y se quedó desnuda. Esta vez el tatuaje reticular cubría todo su cuerpo. Se abalanzó sobre él y empezó a besarle, a mordisquear suavemente su cuello mientras le quitaba la ropa. Le besaba con desatada pasión, como si tuviera dos lenguas. Te vas a enterar, le dijo rodeándole con sus brazos. El muchacho se dejó arrullar entre sus extremidades cada vez más potentes y sintió cómo el cuerpo de Uhlma se prolongaba por momentos, cómo sus brazos y sus piernas lo envolvían, cómo poco a poco, ella se iba enroscando sobre él y le iba ahogando.

—¡Para ya!, me estás asfixiando — dijo él, con una voz consumida

Pero Uhlma seguía enroscándose lentamente sobre su cuerpo, seguía apretando con el avance letal y la contundencia propia de un tornillo de banco, vuelta a vuelta,  hasta que la cabeza del joven se deformó para entrar suavemente en la enorme boca de Uhlma.

*      *      *

Agung sesteaba en su cama mientras pensaba que tenía que dejar esa pastilla provocadora de alucinaciones. Ahora se encontraba mucho mejor y se alegraba de haber cedido a su hermano gemelo la última noche con Uhlma. Ella no se enteraría y ellos no perderían los ciento cincuenta dólares. No era la primera vez que lo hacían. El negocio era el negocio.

A pocas millas, Uhlma se tumbó en su magnífica cama de agua. Se sentía torpe y empachada. Se enroscó sobre sí misma formando un ovillo. Le esperaba una digestión tediosa, extremadamente lenta y penosa.

Miguel A. Páez

Basado en el artículo http://elpais.com/elpais/2017/03/29/actualidad/1490774477_644215.html

 

El chico de los ojos azules

A veces, cuando tengo una idea que me gusta, la suelo exprimir al máximo. Hago varias versiones y experimento con varios estilos. Es el caso de este relato, que partió como un microrelato de 100 palabras y que luego se convirtió en uno más largo que estaba aquí en el blog. Hay una versión que está publicada en Netwriters y que ganó la edición de Marzo 2017 del tintero virtual, pero le he dado otra vuelta escribiendo una historia entrecruzada que me gusta más. Es esta la que publico a continuación.

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     Kritz tiene frío, su camastro está húmedo. Sumido en un estado de duermevela, navega por un mar de recuerdos como todas las noches, abrazado por sábanas mojadas. Siente los huesos calados y el cerebro enmohecido por la nostalgia. Su mente viaja a la velocidad de la luz a través de las imágenes registradas en las celdillas de su memoria. Vuela, retrocede en el tiempo y percibe otra humedad diferente, agradable, cálida, que le hace flotar como en la soledad del espacio. Se mueve ingrávido y se recrea en esa pequeña cápsula  llena de líquido amniótico. Después salta en una fracción de segundo hacia delante, a la humedad de la niebla, a las pesadillas adolescentes, a las fantasías, a los sueños húmedos, al acné juvenil y a las series de televisión en blanco y negro.

Es en esa nebulosa cuando aparece un niño gordito. No tendrá más de doce años pero aparenta ser un policía de los cuerpos especiales. Ha arrestado a unas lagartijas y las ha confinado en un bote de cristal. Las tiene presas; se mueven aterrorizadas, suben, bajan, giran en círculos despavoridas, agitándose y golpeando sus rabos nerviosos contra el cristal. Ahora aparece un juez. Todo indica que las van a hacer un juicio sumarísimo. El juez tiene el mismo aspecto que el niño policía y la misma mirada, pero ahora lleva puesto algo negro que parece una toga y tiene cara de mala leche. Las han condenado; las han condenado a muerte por devorar mariquitas. Kritz se da la vuelta violentamente, levanta la cabeza, abre el ojo derecho y mira a la pared frente a su camastro donde hay un ventanuco con tres gruesos barrotes por el que se filtra un halo de luz azul. Cierra de nuevo el ojo, se tumba y piensa que es una injusticia, que las lagartijas devoran mariquitas para sobrevivir, para preservar su especie. «Para que unos vivan, otros han de morir» —piensa—. También las mariquitas devoran insectos.

A continuación sale a escena un verdugo. Tiene la cabeza cubierta con una capucha negra. Solo se le ven los ojos que muestran la misma mirada de serpiente  y los mismos ojos azules que el policía y que el juez. A Kritz le excita el color del fuego pero no soporta el olor a lagartija quemada. Se tapa la nariz con las manos y huye de esa escena.

* * *

Irene mal duerme en casa de su abuela. Sus recuerdos la ahogan desde que perdió a sus padres en aquel horrible incendio. Sueña despierta. Su mente la lleva a los tiempos del colegio, cuando jugaba en la calle con su amiga, cuando hacían  las reuniones clandestinas de chicos y chicas en la casa abandonada. Recuerda a casi  todos de aquella época incluyendo a aquel chico gordito y raro, que casi no hablaba.

Rememora también los tiempos del instituto, con el uniforme. La camisa azul clara, la falda escocesa y la foto de Steve McQueen en el coloso en llamas pegada en su carpeta, recubierta con plástico para que no se mojara. Saborea de nuevo su primer beso en el parque Wellington a la luz de una farola con aquel chico pelirrojo del que no recuerda su nombre. También le viene a la mente la mirada penetrante azul del chico guapo que nunca le habló.

* * *

Kritz suda, sigue viajando por los recuerdos de su mente. La mirada azul y fría de pupilas alargadas vuelve a aparecer, pero ahora pertenece a un chico más mayor, atractivo, fibroso y musculado. Se cruza con la chica  de la larga trenza rubia hasta la cintura, observa el movimiento de sus pechos como flanes bajo la camisa azul clara, sus andares de modelo, su culo respingón, la  carpeta con la foto de Steve McQueen en el coloso en llamas. El chico se aproxima a ella, la mira fijamente pero no la habla.  Está seguro que ella está enamorada de él, solo que ella no lo sabe todavía. Piensa que esa es la razón por la que parece ignorarle. Pero él lo tiene claro; por eso está exultante, por eso de vuelta a casa lo celebra quemando un contenedor. Kritz cambia de cara con esa escena, su boca dibuja una mueca de placer mientras percibe los brillos de las chispas, mientras masca el humo denso y se deleita con la visión de los regueros de lava de plástico verde que crean figuras caprichosas en el asfalto y disfruta del sonido nítido y crujiente que produce la basura al crepitar.

* * *

Irene se agarra fuerte a la cintura de Carlos, éste provoca frenazos para sentir en la espalda el golpeo de sus pechos tersos. Irene genera adrenalina al sentir los bruscos acelerones, siente como el viento deforma su cara y disfruta cuando  su cuerpo se inclina hacia el asfalto formando un ángulo imposible al tomar una curva. Sueña despierta, pero casi puede percibir las mismas sensaciones que sentía cuando iba de paquete con él en su moto roja. Carlos, su primer novio formal, su gran amor. Recuerda su cara de sufrimiento cuando una mañana apareció su moto quemada. Después ya nada fue igual, fue como una premonición maldita, como un mal de ojo, todo se torció. Carlos se compró una moto nueva pero la fatalidad quiso que se cruzara en su camino aquél camión de bomberos en esa tarde nefasta que teme  recordar.

* * *

Kritz ve al chico de los ojos azules corriendo, está haciendo series. Salta, hace diferentes ejercicios en suelo y barra, se prepara concienzudamente, suda a chorros. Quiere ser bombero, quiere impresionar a su chica. Con el tiempo y determinación lo consigue. Ya es un bombero, pero no soporta que su chica tontee con otro chico. Con ese imbécil pijo y engreído de la moto roja. «Mírale qué estúpido, pavoneándose todo el día delante de ella» —piensa—. Kritz ve  una moto roja ardiendo y de nuevo  la mirada del juez. Ahora Kritz observa una casa en llamas, es un incendio virulento, esa visión le excita. Es la casa de ella, sí, la casa de la obsesión del chico de la mirada azul. Llega un coche de bomberos. Se produce un accidente. Una moto se empotra contra el camión. Atienden al chico pero el camión sigue, la casa se está consumiendo. Rápidamente despliegan una larga escalera cimbreante hasta una ventana donde se ve a alguien gritar. Es ella.

Un bombero sube raudo por la escalera. Tiene los ojos azules. Ella no puede salir. Él entra por la ventana. La saca en brazos y la pone en la escalera, después intenta sacar a sus padres pero no puede, ella grita. La ha salvado sí, pero el bombero se tambalea, emite un grito desgarrador y se lleva las manos a la cara. La tiene quemada, le sale humo, se le desprende la piel a tiras. La chica llora, grita, se tapa la cara, no se quiere ir de allí. Se la llevan. La mente de Kritz se detiene en una sala con gente y unas banderas. Es un juzgado, una sala con mucha gente, están celebrando un juicio  pero esta vez el juez no tiene los ojos azules, los tiene negros y el pelo blanco. Es un señor mayor con una toga negra. El acusado sí que tiene un ojo azul y la cara quemada. Un vecino declara que le vio entrar al portal con una lata de gasolina. Le han condenado, le han caído quince años y un día. Es injusto  —piensa—.

Llaman a formar al patio. Kritz se incorpora y se levanta. Se lava la cara con cuidado en el pequeño lavabo desconchado. Levanta la cabeza y mira al espejo rajado que le devuelve la mirada en dos mitades. Una sin ojo y retorcida y la otra con la visión nebulosa de un ojo azul y una cara consumida. Odia esa cara tanto como el olor a lagartija quemada. Abre un cajón, saca un pequeño lápiz mordido y marca una cruz sobre otro día en un calendario raído. Sonríe y piensa que ya solo le quedan nueve años, dos meses y un día para salvar a Irene de nuevo.

 

El reflejo de sus ojos

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La conocí en un foro de internet sobre ciencia ficción. Nuestra primera cita en aquel restaurante vegetariano, con la luz tamizada por las velas y el adagio de Barber de música de  fondo, versó sobre alienígenas y zombies.

Rebeca me hablaba con cierto aire de superioridad desde detrás de unas gafas de pasta negra que le conferían un aspecto de erudita en la materia. Yo la miraba  embelesado, tratando de averiguar el matiz de la  luz reflejada por los ojos. De vez en cuando,  paraba de hablar y hundía la cuchara en su tempeh de garbanzos, marinado en salsa de remolacha.

Me hablaba de zombies apasionadamente; de sus orígenes, de las almas errantes sin cuerpo y de los cuerpos desorientados sin alma, mientras un hilo de salsa de remolacha le caía lentamente por la comisura de los labios, como si fuera un pequeño reguero de sangre violácea.

—Existen individuos a los que envenenan para inducirles un coma y a los que después entierran vivos. Después los desentierran y les roban el alma —decía limpiándose el hilillo de salsa— ¿Sabías que esos individuos vagan desorientados hasta el final de los tiempos?

A mí no me atraía demasiado el asunto de los zombies; estaba mucho más interesado en la luz que emitían sus ojos. En ciertas condiciones de iluminación, ese reflejo,  puede desenmascarar, casi sin dudas, a un replicante; pero a pesar de que escruté su mirada desde diferentes ángulos, no conseguí  descubrir ese haz amarillo-anaranjado que estaba buscando. Rebeca siguió hablando de zombies incluso en los postres, mientras daba cuenta, con cierta parsimonia, de su pannacota con forma de ojo —un iris de kiwi sobre esclerótica de yogur—

Salimos del restaurante cogidos de la mano y me invitó a una copa en su casa; acepté sin titubeos. Al abrir la puerta de su apartamento, salió un perro negro a recibirla. Sus ladridos huecos y metálicos y los ojos inexpresivos, me hicieron sospechar inmediatamente que podría tratarse de un perro eléctrico, como las ovejas del famoso libro de  Philip K. Dick. Todo empezaba a encajar. Me sirvió un gin-tonic de regaliz y pimienta rosa y nos acomodamos en el sofá de su pequeño y coqueto salón. Conectó el televisor y me propuso ver un capítulo de la serie ‘The walking dead’.  Yo le dije que prefería ver un clásico, alguna obra de culto de ciencia ficción. Le sugerí ‘Blade Runner’ con toda la intención, para observar sus reacciones con detalle.

—Es un referente, pero ya  algo desfasada ¿no crees?  —me dijo con cierto desdén.

Me acerqué a ella y recorrí su muslo con el dedo índice. Sentí cómo su cuerpo se tensaba, como si fuera la piel de un tambor. Me quitó la copa, la puso sobre la mesa y me condujo, de la mano, a su dormitorio. Allí se desnudó lentamente, descubriendo su silueta ante la débil luz emitida por una lámpara japonesa. Tenía unas curvas perfectas, un  cuerpo de ensueño. Entre sus escápulas pude distinguir lo que parecía un tatuaje de un saltamontes o quizá fuera una mantis religiosa. No había duda de que si era una replicante, se trataba de una Nexus 6, la réplica humana más perfecta creada jamás. Besé su ombligo, sus pechos, sus axilas, buscando una hendidura, un trozo de piel arrugada, un intersticio que pudiera esconder una prueba evidente de su origen alienígena, pero no pude apreciar nada más que el tacto de su piel suave y tersa, ligeramente erizada por el roce de mis labios. Fue entonces cuando apagó la luz.

Hicimos el amor  y fingí el mejor orgasmo que pude. Encendió la pequeña lámpara de mesa y a la vez que enredaba mi pelo entre sus dedos, me besó, me miró a los ojos y me dijo que me amaba.  Me quedé perplejo, inmóvil y desvié la mirada. De sus ojos verdes y cristalinos, brotaron un par de lágrimas. Fue en ese momento cuando supe con certeza que Rebeca era humana.  Decepcionado, me vestí con premura, le di un beso en los labios y me despedí.

De camino hacia el hotel, pensé en el nuevo fracaso. No me quedaba más remedio que seguir intentándolo, continuar con la búsqueda de esa replicante perfecta y díscola que era necesario atrapar y ‘retirar’ antes de que pudiera comprometer nuestra civilización y nuestros propósitos.

Cuando llegué al hotel, tenía las energías prácticamente consumidas. Entré al baño y me miré al espejo. La intensidad de los halógenos, hacía que los ojos reflejaran un haz de luz amarillo-anaranjado. Salí del baño, saqué del maletín el cargador de baterías y lo conecté a un enchufe. Seguí el cable hasta la clavija del extremo y la introduje en el receptáculo disimulado bajo la axila del brazo izquierdo. Después me tumbé en la cama, exhausto.

El dedo de Erika

Aquí os dejo mi relato ‘El dedo de Erika’ ganador del Blog Netwriters ‘Placeres y perversiones’ convocatoria Enero 2017 (concurso de relatos eróticos)

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Cuando me desnudo en la cabina fría y me pongo sobre la plataforma giratoria, me acuerdo de mi gata convertida en una bola blanca de pelo, arrullándome y dándome calor en la cama, tan suave, tan frágil, tan pequeña, tan cabrona y despegada a veces. Y de Erika cuando viene a casa al amanecer y nos metemos un tripi y una copita de cava y recordamos nuestras noches locas, nuestras miserias, nuestros recuerdos de púberes en el colegio de monjas. Cuando las dos nos tumbamos en la cama, desnudas frente a frente, la gata se interpone entre nuestros vientres lisos como creando una pequeña frontera de pelos blancos y es entonces cuando nos contamos cómo nos fue la noche pasada, su número con el enano trípode o mis aventuras en el ‘peep show’.

Esta mañana mientras nos disputábamos el pellejo de la gata, nos reíamos al recordar los tiempos de los silbidos pícaros y de las miradas empalmadas de los obreros que reformaban nuestro colegio, dirigidas a nuestras inocentes piernas cubiertas por las falditas  tableteadas de cuadros escoceses; los juegos de seducción y las risitas cómplices. Y después la misa y antes la confesión. Erika acercaba sigilosa el oído a la rejilla del confesionario, pudiendo casi sentir  las babas de don Pancracio  recorriendo como la lava de un volcán, la fila interminable de botones negros, desde el alzacuellos a los botines, pasando por una duna, al tiempo que le iba soltando, poco a poco, con un hilo de voz  pesaroso, sus pecados mortales contra el sexto mandamiento. Le confesaba con pudor y arrepentimiento pleno, cómo recorría  todas las noches los labios de sus vergüenzas húmedas con ese dedo hereje, obsceno y pecador,  merecedor de ser cercenado de raíz.  Le describía con voz entrecortada cómo  se detenía en ese bultito erecto que le producía un picor pecaminoso y cómo después hundía sus dedos frágiles en sus oscuros placeres. Y entonces notaba la respiración agitada, el carraspeo y los bufidos de don Pancracio antes de que le aplicara la penitencia consabida. Tres avemarías, un padrenuestro y los ‘ejercicios’.

Don Pancracio salía del confesionario, se llevaba a Erika a la sacristía y allí le mojaba el dedo hereje en una palangana con agua bendita, después en el vino dulce y acto seguido empezaba a chupárselo lentamente como si fuera un chupa-chups de fresa, para eliminar cualquier vestigio pecaminoso que pudiera estar adherido a su piel, a su nudillo de cristal o a su uña larga de rosa chicle.

Luego le pasaba la lengua de camaleón hambriento por su pelo rubio de seda para atrapar piojos impíos al tiempo que  amasaba sus pequeños senos azulados con las manos blanquecinas, regordetas y blandengues, de textura de cola de merluza. Después él volvía al confesionario y Erika se abrochaba la camisa blanca mientras  observaba las vibraciones rítmicas del pequeño habitáculo, el crujir  de la madera vieja,  como si estuviese poseído y a merced del diablo; hasta que se detenía bruscamente y el ambiente quedaba impregnado de un penetrante olor a mixtura de incienso y macho.

Y es con el tintineo que recorre  una moneda de dos euros hasta llegar a la caja de un box,  con el que escapo de cuajo de los recuerdos de Erika y al abrirse la pequeña trampilla,  me imagino los enrojecidos ojos de rana de Don Pancracio aplastados contra el cristal ahumado, mirándome con lascivia.

Entonces mi dedo se convierte en el dedo impuro de Erika y se introduce en mi boca, y la inunda con la melaza de las pasas del vino de misa, con la dulzura del dedo de Erika, explorando la lengua, los dientes, el paladar y lo chupo, lo chupo lentamente para purificarlo antes de que empiece su recorrido por las vergüenzas de ella en mi cuerpo.

Y me agarro la coleta de seda y la masco y la saboreo,  y amaso mis pechos violáceos como los senos núbiles de Erika y siento sobre ellos la textura de las escamas de una cola de merluza, y disfruto y me revuelvo sobre el tapiz rojo de la plataforma que gira lenta, describiendo un círculo tangencial a los pequeños ventanucos oscuros, sintiéndome observada por varios pares de ojos hambrientos, pero sobre todo por los ojos desorbitados de don Pancracio.

Cojo el dedo de Erika y dibujo un corazón sobre mi pubis rapado; lo deslizo hasta el bultito clitoriano, lo despierto, lo agarro, lo presiono, lo retuerzo hasta que no puedo más e introduzco en la caverna húmeda el dedo de Erika, y tres más —cuatro en total— y siento lo que debe sentir ella al ser penetrada por el enano trípode en la función de noche y grito, y me revuelvo y miro al box de Don Pancracio y me excito más, si cabe, y me siento morir de placer.  Y le insulto, y le escupo, y le devuelvo sus babas, aunque no sea él, ¡qué más da! y noto perfectamente cómo los pares de ojos hambrientos aplauden con sus pestañas desde la barrera  de los cristales ahumados, excitados y acuosos y le miro fijamente metiéndome el dedo de Erika en la boca.
Entonces siento como el box empieza a vibrar rítmicamente, cada vez más fuerte y puedo escuchar tras las finas paredes de conglomerado, respiraciones entrecortadas, bufidos y sonidos de babas fluyendo; hasta que de repente el temblor se detiene en seco, se oye un grito hueco y mi cabina queda impregnada de un penetrante olor con una  mixtura de incienso y macho.